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Sus orígenes familiares se entrelazan con el desarrollo social, económico y político del país, contexto que lo impulsó a emprender múltiples actividades empresariales junto a una constante acción social.
Hijo de Gustavo Ross Santa María -financista, industrial, ministro de Hacienda y otras carteras durante el gobierno de Arturo Alessandri Palma y candidato a la Presidencia de la Re
pública en 1938-, su vida estuvo marcada por la impronta paterna de responsabilidad y esfuerzo tenaz.
Jorge Ross nació en Santiago en octubre de 1922 e inició sus estudios en el colegio The Grange, los que hubo de proseguir en el extranjero debido al destierro de su padre durante el gobierno de Ibáñez, en 1927. Así, fue alumno del Ampleforth College de Inglaterra, del Cours St. Louis, en Francia, y del MIT (Massachusetts Institute of Thecnology), titulándose como ingeniero químico en 1943. Si bien ejecutó sus primeros trabajos profesionales en una compañía química estadounidense, en 1945 regresó a Chile para dedicarse a actividades de su profesión en la industria salitrera. En 1947, un artículo periodístico destacó la “jornada ejemplar” cumplida por el joven ingeniero al dedicar estudios, trabajos e investigaciones a “obtener salitre potásico del nitrato chileno en proporciones que justificaran la transformación de la industria de acuerdo con las necesidades del mercado universal”. Esa misma nota destacaba su trabajo “asistido por la fe honrada de los buenos pampinos”.
Fue miembro del American Institute of Chemical Engineering de Estados Unidos, y como hombre de empresas fue presidente de la compañías Electro Metalúrgica, Salitrera de Iquique, Refinería de Azúcar de Viña del Mar (CRAV) y director de la Compañía de Cervecerías Unidas, Distribuidora Nacional, Chilena de Electricidad, Salitrera Anglo Lautaro, vicepresidente del Banco Edwards y consejero de la compañía de Inversiones Montealegre.
Además del manejo de importantes empresas y compañías, aportó larga e intensamente a la educación nacional como vicepresidente de la Universidad Federico Santa María, durante 10 años, y en el Consejo Interamericano de Comercio y Producción (CICYP), del que fue vicepresidente. Actuó igualmente en el campo gremial, al que le asignó mucha importancia. Un reportaje de un semanario lo retrata como un hombre inquieto, a quien le gustaban los desafíos, al tiempo que cultivaba una vida familiar muy intensa junto a su esposa, Alicia Amunátegui Monckeberg -cuya labor en la Sociedad Protectora de la Infancia apoyó indefectiblemente-, y a sus seis hijos.
Debió enfrentar momentos difíciles, como cuando el gobierno de la UP lo hizo detener, en 1971, acusándolo de guardar armas en su domicilio, lo que fue desvirtuado al constatarse que dichas armas eran una antigua posesión familiar que databa de 1938, y que él había trasladado a su casa en Pirque después de haber vendido su residencia de Av.Apoquindo a la embajada de España. También se recuerda su corrección ante las serias dificultades financieras que se le presentaron cuando la crisis económica de comienzos de la década de 1980 afectó las operaciones de la industria azucarera CRAV.
Durante los últimos años, retirado de la vida empresarial, desarrolló junto a su esposa una redoblada acción de bienestar social, particularmente centrada en la infancia más desvalida, a cuyo respecto la generosa y benéfica obra del matrimonio Ross-Monckeberg ha sido reconocida sin reservas.
Una enorme concurrencia participó ayer en la primera misa por el descanso de su alma, acompañando a su familia, en la parroquia San Juan Apóstol (Jacques Cazotte 5600, Vitacura), desde donde hoy sus restos partirán al Cementerio Católico, tras una misa a las 11 horas.